Julio Valle–Castillo ha destacado un perfil de la poesía escrita en Nicaragua durante los años sesenta por los autores que, en aquel momento, apenas surgían; éste es, la preponderancia o el gusto formal por lo epigramático como “reflejo de la rebeldía y de la esperanza, de la insatisfacción y de la ilusión, de la frustración u opresión a la que estaba sometida aquella generación, que se manifestaba burlesca, informalista, agresiva, irreverente”. (*)
La actitud intelectual o literaria de Ciro Molina (Estelí, 1943– id., 2002), al igual que la de otros, estuvo circunscrita, casi siempre con exactitud, a ese perfil fundamental.
Aunque no la única, esa característica generacional que virtualmente implicaba la crítica y la denuncia sociales, ha sido asumida hasta hoy, a risible deshora, por alguno que otro poeta autodenominado “neovanguardista” y más motivado a causa del tránsito de las suburbans.
En el poemario “La puerta única” (1973), Ciro Molina plantea su escritura dentro de un criticismo social situado en franca oposición a los atropellos del entonces régimen dictatorial somocista. Sus tropos y símiles no son insinuativos, ni tienen gratuidad metafórica; más bien son obvios y terminantes: “Roma aquí no cae /Y el cinturón /ciñendo el hambre /(muerte preliminar)”.
“La puerta única” encara al asunto social a partir de la visión vertical del compromiso, interpretado, en consecuencia, como señal profética y denunciadora de la palabra poética. Así, con una inflexión poco más o menos proverbial, leemos: “Todo hombre tiene /la palabra abierta. /Dice la palabra /y la puerta se abre”. Además, se advierte el reproche contra el silencio indulgente o contra la palabra inicua dicha en voz baja: “Cuantas veces hablaron de la vida /todos dijeron a una voz: /–Este es el río vertebral de la tierra– /Deshojaron el horario de los seres /cuando todo fue silencio”.
Poeta astuto con los recursos, Ciro Molina asciende desde la preocupación estricta en cuanto al fondo hasta la atención enfocada a la disposición gráfica de la palabra en el poema. Junto a esto, establece ciertos valores estilísticos. Para dar algún ejemplo, podríamos señalar la fuerza y la vitalidad eficaz que concede a los sustantivos y gerundios, con el fin inmediato de introducir al lector en espacios construidos sobre imágenes que se precipitan: “como cementerios en fuga /persistentes de encontrarte /y de encontrarme /Ruidos /voces /gritos /fantasmas[…] /el reloj del día acuchillándome /devorándome /fusilándome /conjeturas de raíz a raíz /de muerte a hombre”. A la par de esas evocaciones, el amor se apunta apenas como ausencia interior: “El ojo es como /un pequeño farol /que mira hacia afuera. /El amor, amor, /es otra cosa. /Penétralo fundiéndolo /fundándolo /fuego /y conocerás el fondo”.
Con temple apercibido, mas no irresoluto en sus ideales, Ciro Molina consolida su propia lucha en un presente cercado de incertidumbres; insiste en proyectar cierta descripción esperanzada y, a la vez, recelosa respecto al tiempo: “Sé que después: /falsa arena, /paso en falso, /débil voz /el presente será /para mañana”.
Por decirlo así, prevalece, por un lado, el aliento promisorio de un destino provechoso y, por el otro, subsiste el dolor que la vivencia coyuntural representa. En medio de ambos lados, está la libertad definida como voluntad auténtica de la conciencia: “Quiero oír el canto del pueblo /el primer canto verdadero /de libertad /y no, ciudad, /tu corazón sitiado /por la muerte”.
Pese a todo esto, y a pesar de esa puntualidad a ratos aguda y objetiva, Molina cruzó, sin más, los flujos y reflujos harto conocidos del discurso comprometido de la izquierda política. Si “La puerta única” evidenció el compromiso social a plenitud, luego, por ósmosis tradicional, una parte considerable de su poesía posterior viene a ser el argumento testimonial, poco distinto al que mucha gente hizo y rehizo.
De este modo, en “La rosa navegable” (1985), aparece la memoria como patente de la lucha insurreccional: “aquella madre /que a su hijo lo habían masacrado /dijo: /–¡Lo que más me duele /es que no haya muerto combatiendo!”. Ahí la revolución es centro, eje y punto de apoyo de la expresión; la libertad se sabe real, al fin, y no promisión: “!este cáliz no es amargo! /es dulce como un niño /la libertad”.
Contrapuesta a “La puerta única”, la experiencia erótica en “La rosa navegable” deja de mostrarse lejana para erguirse como “región del tacto” o como forma corporal que confirma y revalida la vida y la existencia: “la noche /deja de ser una sospecha /Estás ahí /invicta /enmarañándome /torniqueantes delicias”. ¿Asomo de sensualismo? Tal vez. Pero, aparte de eso, lo táctil es para Molina la identificación de sí mismo en su situación humana.
El arte no otorga privilegios a nadie. El hombre se reconoce mortal y terreno, no hay más. Esa noción significó una constante general en la poesía de Ciro Molina; él mismo la dejó justamente abreviada en líneas autobiográficas: “Hay quienes creen, como en épocas antiguas, que el arte es algo así como el pináculo desde el cual se ganan aplausos y honores. También se piensa con harta frecuencia que el poeta debe ser un individuo raro. Es así como vale la pena conocer a un poeta y hablar con él para solazarse con la belleza de su expresión. Más tarde no vuelven más porque descubren que el fulano era un ejemplar como cualquier otro”.
Mayo/2002.